25 agosto de 1703

Todavía huelo la pólvora quemada. El abordaje ha dejado restos del combate por toda la cubierta. Podríamos estar gastándonos todo el botín en Isla Tortuga, pero el Capitán se empeñó en venir hasta esta maldita isla.

Mientras, nuestro artillero “Loco” Harry, no cesa de contar historias y leyendas acerca de las criaturas fantásticas que asolan el lugar. El Doctor parece nervioso, se aferra a la empuñadura de su espada, y parece sudar más de lo habitual escuchando los cuentos de Harry.

– El viejo Sanders perdió su pierna cortándosela él mismo. Consiguió escapar de las fauces de esa abominación con forma humana y cabeza de tiburón… – Explicaba Harry, mientras gesticulaba con todo su cuerpo, representando la escena, y con sus ojos danzando como si fuesen a salir de su cara, en un esfuerzo por reafirmar los hechos.

– No me gustaría perder mi pierna… ni mi brazo, ni cualquier otra parte de mi cuerpo. Estimo todas y cada una de mis extremidades y mis órganos.- murmuraba el cada vez más nervioso, doctor.- ¿Y crees que habrá más abominaciones de esas?

El roce de dos espadas saliendo de sus vainas, junto al crujir de la madera pisada por un caminar firme, interrumpió la conversación. Era la despiadada Mary Jane que, con una sonrisa de satisfacción dibujada en la cara, expresaba su deseo – Eso espero…

… y saltando por la borda, la ágil Mary Jane cayó grácilmente sobre el bote que nos llevaría a tierra.

Nada más pisar la arena de la playa, el “Loco” Harry agarró su trabuco y echó a correr gritando – ¡Atrás, ratas de bodega, el cofre será mío!- Pese a ser un mastodonte barrigón, corría como el diablo perdiéndose en la negrura del ramaje.

Mientras el doctor examinaba la maleza que bordeaba la playa, como si de un muro de defensa se tratara, dos casacas rojas cayeron sobre él. Sin tiempo a preparar mi mosquete para acudir en la ayuda del pobre doctor, Mary Jane había dado cuenta de sus pescuezos

– ¿Piensas quedarte ahí apuntando todo el día?- Preguntó con sonrisa burlona.

Disparé mi mosquete desde una distancia de más de 30 metros. La bala atravesó el pañuelo atado al cuello de Mary Jane, llevándose por delante algún mechón de su cabello negro azabache, e impactando en otro casaca roja que se encontraba oculto entre arbustos.

– No, tan solo pensaba en que no me había fijado nunca en el color de tus ojos…- Contesté arrepintiéndome de mis palabras. La mirada asesina que me lanzó, permanecerá en mi mente hasta mis últimos días…

El doctor se arrodilló a registrar los cuerpos caídos de los casacas rojas. Mientras recargaba mi mosquete, me percaté de la desaparición de Mary Jane, que se había adentrado en la espesura de la vegetación.

Corrí como el que ve al diablo, en busca del paradero de la calavera de cristal. Ese objeto podría concederme la capitanía de “La Dama del Sur”, siempre y cuando, diera con él antes que mis ambiciosos compañeros.

Un fuerte ruido de ramas se entremezcló con el grito de Mary Jane, que maldecía a base de improperios su propia suerte. Una red dejó a la temida sicaria colgada en el aire. Pero ella sabe cuidar de sí misma, y yo, tenía que acudir a un encuentro con la calavera y mi destino.

– ¡Alto ahí! – resonó tras la maleza. Desde mi posición podía adivinar que se trataba de, al menos, un par de casacas rojas y su oficial. Cuando el frío metal de una pistola se posó sobre mi sien, me temí que mi posición no tenía la cobertura adecuada.

Fui conducido al claro donde, arrodillados, se encontraban mis compañeros, Mary Jane y el doctor, acompañados de cuatro casacas rojas y su oficial. Parece que estoy perdiendo facultades. Atrapado y sorprendido.

Es curioso la cantidad de pensamientos que pasan por tu cabeza cuando ves llegar el fin…”

Diario de a bordo de R. Williams, el Vigía.